1 abr. 2013

¿Sueñan los Androides con Ovejas eléctricas? - Philip K. Dick

Toda la vida leyendo a Philip K. Dick y resulta que todavía no me había ventilado ¿Sueñan los Androides con Ovejas eléctricas? Sí, así es, el libro que inspiró Blade Runner (Ridley Scott, 1982), momento a partir del cual este autor empezó a ser (re)conocido a nivel mundial, ha sido una de mis asignaturas pendientes durante muchos años. A medida que lo leía mi sorpresa ha sido mayúscula, porque la verdad es que las coincidencias entre el libro y la película son mínimas. Excepto en el concepto general de "protagonista caza recompensas que da captura a replicantes sin escrúpulos que pretenden vivir como humanos" y en el detalle particular de "test empático para detectar humanoides", película y novela no tienen absolutamente nada que ver. Afortunadamente esas diferencias son de agradecer para quienes nos hemos aficionado a Dick y además, no hemos conseguido aguantar el tostón de Scott después de su estreno a principios de los 1980s. Ni la versión original, ni el montaje del director, ni la versión extendida del remake del director, ni nada de nada. Un sopor extremo me ha invadido cada vez que escuchaba la banda sonora de Vangelis, especialmente mientras el vehículo aéreo de Harrison Ford sobrevolaba el espacio aéreo de L.A. y aparece la geisha en una pantalla tamaño campo de fútbol colocada sobre un edificio. Zzzzzzzzz....

El libro es un típico producto dickiano, de aquellos en que está bastante moderado. Es por tanto, bastante fácil de leer y recoge ideas constantes en casi toda su producción. Por un lado está el núcleo principial de la historia, se trata del cazarecompensas Rick Deckard, que trabaja con la Policía de San Francisco y se dedica a "retirar" androides ("andys") que han entrado ilegalmente en la Tierra. Los robots humanoides (más bien organismos biológicos de síntesis) intentan hacerse pasar por personas de pleno derecho y librarse de su ingrata labor como sirvientes de los colonos espaciales. En su huída siempre cometen delitos graves contra sus amos humanos, de ahí que su eliminación esté plenamente justificada de cara a la humanidad. Deckard tiene una aventura con Rachael Rosen, un androide femenino modelo Nexus-6 al igual que sus próximos objetivos. Después de acostarse con ella, sus dudas sobre las vagas diferencias entre individuos humanos y sintéticos se hacen aún más patentes.

Por otro lado está John Isidore, quien se mezcla accidentalmente con humanoides fugados. Se trata de un humano afectado por la radiación remanente tras la Guerra Terminal, lo que ha provocado que sus facultades mentales se vean mermadas, transformandole en un ciudadano de segunda o tercera categoría. Estos "cabezas de chorlito" tienen menos derechos que los ciudadanos sanos, y por ejemplo no se les permite emigrar a las colonias espaciales. La descripción del futuro devastado y distópico en que transcurre la acción está muy bien lograda, pero no tienen nada que ver con esa noche contínua y opresiva de la película: la amenaza de esterilidad en los hombres debida al polvo radioactivo, territorios enteros carentes de vida, ciudades semiabandonadas, prácticamente la totalidad de la vida animal desaparecida de la faz de la Tierra, etc. Es curiosa la gran importancia que tienen los animales en la trama, algo que se ignora por completo en el film: el lujo que representa tener tener un animal, el gran vínculo emocional que sus dueños establecen con ellos, el estatus que concede poseer un animal real, y no un simulacro eléctrico como la oveja que tiene el protagonista y un largo etc.

Y por supuesto los aspectos religiosos que tanto gustaban a Dick aquí aparecen en forma de un culto que, al menos que yo recuerde, se elude completamente en la película. Se trata del Mercerismo -en honor a su creador, Wilbur Mercer-, que proclama la unión empática de todos los hombres y animales mediante la "Caja de Empatía". Este dispositivo permite al usuario experimentar los miedos y alegrías del resto del mundo, así como compartir los propios. Los límites entre la supuesta realidad en que vive Deckard y el mundo virtual del Mercerismo se cruzan al final de la obra, lo cual no es sino otra de las grandes obsesiones del autor: manifestar que los márgenes del mundo que experimentamos por los sentidos son muy, muy difusos.

A pesar de que mi intento de hacer una somera descripción de la trama se ha desmadrado un poco, insisto en que la narración, para lo que puede llegar a ser este autor escribiendo ciego de anfetaminas, es muy comedida. Sus preocupaciones habituales se exponen ordenadamente y se argumentan con mucho estilo y claridad. Los fan-boys de la película de Scott probablemente lo encuentren insustancial, pero los seguidores de Dick estarán conmigo en que tiene más interés. A los primeros podéis encontrarlos en la reseña del Sitio de Ciencia-Ficción, y a los segundos en El Bibliófilo Enmascarado.

4 comentarios:

Palimp dijo...

A destacar esa especie de teléfono de emociones que te permite alegrarte o deprimirte sin motivo alguno, y la duda de Deckard sobre si es un replicante, qué es lo real...

el convincente gon dijo...

Yo no soy fan de la novela ni de la película, aunque ninguna de las dos me aburren. La novela es la única que he leído de Dick. Tengo suficientes indicios para pensar que es un buen escritor pero me cuesta superar un prejuicio que yo solito me he inventado, así, alegremente.

Verás, tengo un poco de manía a las novelas de ciencia ficción que empiezan con algo del tipo: "El condensador de protones flujopropulsado hacía su trabajo. Y lo hacía bien." O del tipo: "Mark Mc Tucker se adentró en el Pabellón de la Flota Galáctica Supina. La Sacerdotisa del Tercer Poder le estaba esperando." O del tipo: "Jonas se despertó con las suaves ondas electromagnéticas de su despertador oscilante invertido." O del tipo: "Cuatro enormes rascacielos con el símbolo de la Media Luna daban sombra a la Mezquita de Burgos."

Es decir, me dan un poco de pereza esos comienzos donde se pretende subrayar la distancia con nuestra época pero tratando de dar, al mismo tiempo, un aire de naturalidad a los elementos extraños que se citan. Y no sé por qué, pero me ha dado por pensar que las novelas de Dick empiezan un poco así. Seguramente estoy equivocado.

Cities: Moving dijo...

@Palimp: Los gadgets tecnológicos ideados por Dick me encantan y nunca deja de sorprenderme. El 'regulador de emociones' del que hablas es por un lado absurdo a más no poder (¿por qué se puede programar un estado depresivo? ¿O un enfado con ganas de bronca?), y por otro un dispositivo completamente imprescindible.

@el convincente gon: Vaya, pues me temo que Dick tiene un poco de lo que no te gusta. A pesar de que sus novelas tocan casi siempre los 2-3 temas que le obsesionaron (límites de la realidad percibida, drogas y su influencia para difuminarla, religión/misticismo y poco más), sí es cierto que inventa algunos elementos tecnológicos increíbles para dejarnos claro que nos encontramos en un futuro en el que las condiciones de juego cambian respecto al mundo que conocemos. No abusa y no pretende poner muchos años de distancia, de hecho prácticamente todas sus novelas se sitúan unos 30-40 años adelante en el tiempo respecto al momento en que las escribió, pero efectivamente, siempre aparecen cacharros como el 'regulador de emociones' o la 'caja de empatía' de esta novela, el 'monotraje mezclador' de "Una Mirada a la Oscuridad", y un largísimo etc. que contrariamente a lo que te pasa a tí, a mí me resulta de lo más asombroso y divertido. En fin, para gustos los colores.

el convincente gon dijo...

Bueno, no son los cacharros en sí lo que me molesta sino que desde la primera línea la novela pretenda marcar las diferencias entre épocas con elementos extraños.

Me da pereza porque esos comienzos suelen ser un obstáculo para imaginarse las cosas. Prefiero un inicio más fluido.

Por ejemplo, creo recordar que "Solaris" empieza con un tío metiéndose en una cápsula para iniciar un viaje espacial; pues bien, Lem no dice: se metió en el trasbordador autropopulsado atómico con el traje de polímeros aislante. Lo que hace Lem es más o menos así: se metió en el cilindro de acero, tenía poco espacio para maniobrar, apenas podía levantar los brazos...

Me gusta mucho más esta segunda manera de empezar una novela. A eso me refería.

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